La boda de Mónica

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La boda de Mónica
Tomando un café a las 7:45h. antes de entrar en clase, cuando faltaban unos 7 meses para graduarnos, Mónica nos anunció que se casaba. Ella era una de mis mejores amigas de la facultad, con quien había forjado una estrecha relación tras compartir nervios en las vísperas de exámenes, ilusiones sobre nuestra futura profesión, conversaciones distendidas en el café de la universidad, críticas feroces a nuestros profesores, trabajos terminados a última hora… Ella tenía 29 años y hacía 9 que estaba saliendo con Pablo. Yo tenía 21 y me encantaba conversar con ella. Era inteligente y siempre tenía alguna historia increíble para contarnos que nos dejaba encandilados, no sólo por la historia en sí, sino también por la forma magnética que tenía de contarlas. La veía como la hermana mayor que nunca tuve. Siempre me impresionaba lo elegante que resultaba vistiera lo que vistiera. Todo le quedaba que ni a un maniquí de escaparate de tiendas de alta costura. Su esbelta figura quedaba ensalzada por sus andares, contornando sus caderas y haciendo que tanto los chicos como las chicas de clase la siguiesen con la mirada al pasar. Siempre pensaba que Pablo era muy afortunado por estar con ella, aunque él parecía merecerla. Sus tatuajes en los brazos y parte de la espada le daban un aspecto rebelde, pero la trataba como a una reina. Mónica era risueña y no tenía ningún pudor en hablar alegremente de su vida íntima con nosotras. Así, cuando nos juntábamos las dos con Miriam, una loca fiestera que cada fin de semana estaba con un chico diferente, siempre terminábamos hablando de sexo. Mónica nos había contado que le gustaba que la ataran, que le vendaran los ojos, que le pegaran en el culo, que se la metieran fuerte, hacerlo en el baño frente al espejo de encima la pía para poder verse, fantaseaba con hacer tríos… Por la noche, cuando llegaba en casa, sus historias se convertían en mi fetiche para mis placeres onanistas. A pesar que las historias de Miriam aparentemente eran más variadas, porque los protagonistas siempre eran distintos, a mí siempre me dejaban más excitada lo que contaba Mónica. Así, imaginaba a Mónica siendo sodomizada por Pablo, agarrándola con fuerza por la cabellera, gritándole toda clase de vejaciones y metiéndole rítmicamente su grande rabo, que según ella Pablo tenía, produciendo las delicias de ella que pedía más y más entre gemidos de placer exponencial. A veces me imaginaba a mi misma en el lugar de Mónica, siendo follada brutalmente por Pablo, siendo yo la que me volvía loca con sus fuertes embestidas y pidiendo más. No había decidido cuál de las dos situaciones me excitaba más, así que algunas veces me imaginaba como la protagonista, y otras veces simplemente me excitaba con la escena de ellos dos cabalgando desnudos, sudados de tanta pasión, sintiendo su deseo y dejándome loca con sus goces, en mi rezagada posición secundaria de voyeur.
Durante bastantes días estuvo poniéndome al corriente de todos los preparativos de la fiesta de casamiento. La ceremonia iba a ser en la pequeña iglesia del pueblo donde Pablo veraneaba. Íbamos a ser unas 90 personas invitadas. Por aquel entonces yo no estaba saliendo con nadie de forma seria por lo que no iba a llevar acompañante. A diferencia de otras amigas, no me estresaba el hecho de no tener pareja en un evento social en el que casi todo el mundo estaría emparejado. Hacía poco más de un año que lo había dejado formalmente con mi antiguo novio aunque no había conseguido terminar definitivamente con él. Cada uno hacía su vida, pero no podíamos dejar de encontrarnos en noches de calor recíproco y terminar en la cama. Era evidente para los dos que había cuestiones de incompatibilidad irresoluble y que nuestra relación no nos llevaba a ninguna parte, pero nuestro deseo sexual no había menguado. De hecho, se había vuelto más intenso, quizás porque la distancia colocaba lejos nuestras diferencias y nuestros encuentros potenciaban nuestro deseo carnal. Al principio los encuentros terminaban en largas conversaciones en que hablábamos de la posibilidad de volver a estar juntos. Después de dos intentos fracasados aprendimos que era mejor aprovechar lo que aún había de bueno entre nosotros y no vivir en un sueño que no nos hacía bien a ninguno de los dos. Así, las escusas para encontrarnos se habían vuelto banales y evidentes, resumidas en un tácito “estoy solo y me apetece acostarme contigo que sé que nos lo vamos a pasar bien”. Y efectivamente los encuentros eran desprovistos de romanticismo pero llenos de deseo y calor. Quizás por mis ganas de reencontrarme con aquella persona con quien tengo un cariño especial, que me conoce y sabe qué me gusta, quizás por mi falta de práctica durante la semana, quizás por su cuerpo delgado y definido, quizás por su miembro que siempre me dejaba satisfecha varias veces, o quizás por todo ello junto, antes de cada encuentro ya estaba bien mojada. Después de unas breves palabras, subía de rodillas a la cama y empezábamos a besarnos. Adoraba sus tiernos y carnosos labios y el modo como sus dulces besos iban subiendo de intensidad, donde nuestras manos exploraban y se perdían en territorios ajenos. Mi sujetador no demoraba en salir volando y en tener sus grandes manos remplazándolo. El cambio no tenía color. Sentir el calor, la presión, su agarre, hasta sus puntuales pellizcos me hacían estremecer involuntariamente. Una sonrisa escapaba de mis labios superiores y también de mis inferiores, cada vez más lubricados. Cuando él colocaba una de sus manos entre mis piernas siempre me decía “puta, qué mojada que estás” y yo no sabía qué me excitaba más si la caricia por todo mi sexo o por sentirme una puta lasciva que sólo quiere ser follada hasta la saciedad. Y para mostrarle lo cachonda que estaba colocaba mi mano encima de la de él y metía dos de sus dedos junto con dos de los míos y los metía entrando sin ninguna dificultad hasta tenerlos todos bien dentro.
-Me dejas loco, mi puta.
-Ahora me vas a dejar tu más loca.
Y en esos momentos me echo para tras en la cama agarrando su cabeza y llevándola hasta mi coño. Adoro como me chupa, primero recorriendo con su lengua mis labios y después centrándose más en mi clítoris, con movimientos circulares de lengua, con alguna absorción elevando mi clítoris como si quisiera saltar dentro de su garganta y haciéndolo vibrar todo para volver a lamerlo dulcemente y así seguir haciendo crecer ese locura de sensación que se expande por todo mi cuerpo hasta ese momento en que dejo de sentir partes de mi cuerpo y soy sólo placer. Casi siento la muerte abrazándome, la muerte más dulce. Pero siempre quiero más y tras dejar de gemir y un breve respiro lo echo en la cama y le chupo esa polla que a pesar de su deseo ha perdido un poco de su dureza. Me encanta sentir como vuelve a crece dentro de mi boca y se pone tan dura como una vara de metal. Y la escupo, no porque necesite más lubricación, pues ya la tiene toda chupada y mi coño es una balsa, sino porque me gusta sentirme sucia, perra en celo.
-Te voy a follar como a ti te gusta cabrón.
-Móntala cerda.
La meto dentro de mí y empiezo a mover lentamente mi cadera primero arriba y abajo, después con movimientos circulares y después con movimientos rotativos de pelvis como aprendí en las clases de danza del vientre que sé que lo dejan loco. Poco a poco voy subiendo el ritmo mientras él no para de manosearme los pechos y su respiración se hace cada vez más agitada. Él aguanta hasta que siente que me corro y cuando él va a correrse me aparta y coge su polla para seguir meneándola hasta verter encima de mi toda su corrida. Si aún está con fuerzas igual me monta otra vez, pero la mayoría de las veces allí terminan los encuentros.
En cualquier caso, ese tipo de relacionamiento me dejaba libre para conocer ocasionalmente otras personas o tener algún rollo si salgo el fin de semana si se tercia. Con nuestras amigas nos gusta vestirnos sexis y salir a bailar. Estamos abiertas a conocer chicos, pero nosotras raramente vamos atrás y son ellos los que se acercan a hablar con nosotras. Nos invitan a algunas copas, bailamos, conversamos, y a veces, terminamos con alguno la noche. Un mes antes del casamiento conocimos a unos lindos chicos en la discoteca que normalmente frecuentamos. Como ya es habitual, el ritual había empezado mucho antes. Nos arreglamos cada una en su casa, poniéndonos zapatos de tacones, ropas ajustadas y cortas que invitan a soñar. Mónica nos pasó a buscar con el coche. Cuando subí, Miriam y Olga ya estaban en el coche, bien arregladas y cantando medio locas el hit que sonaba en la radio. Una de esas que repiten hasta la saciedad que con toda seguridad escucharíamos de nuevo en la discoteca. Paramos en unos bares y tomamos unos combinados. La alegría se apoderaba de nosotras con conversaciones animadas, cotilleos y varias bromas. Cuando entramos en la discoteca ya estábamos bastante felices y animadas. El local estaba casi lleno y había que ir en fila rozándose con el personal para atravesar la pista y situarnos en el lugar que habíamos decidido como estratégicamente el mejor: medio metro por encima de la pista de baile para poder ver y ser vistas y no tan cerca de los altavoces por si queríamos conversar con los chicos que vinieran. No tardé en fijarme que había un chico bien apuesto que no nos dejaba de mirar. Nosotras comenzamos nuestras típicas conversaciones:
-¡¿Has visto ése?! Es guapo ¿verdad? Vamos a ver cuando tarda en venir.
-Parece de los tímidos. Ése va a tener que tomar unas copas más, jajaja.
Yo intentaba bailar lo más sensual que podía, contorneándome al son de la música que parecía tener a todo el mundo fuera de su realidad. Con Mónica nos poníamos a bailar juntas, casi pegadas, una frente de la otra, restregando nuestros cuerpos, el uno contra el otro, el uno frente al otro, momento que aprovechaba para mirar sensualmente e insinuarme al chico diana. Una baza que descubrimos como el mejor de los anzuelos. Tardó menos de lo que había imaginado. Él y un amigo se acercaron y comenzamos a conversar. Tiago, además de alto, guapo y con un cuerpo de escándalo, me pareció bien simpático. Pero no sólo me lo pareció a mí. Parecía que Miriam y Mónica también estaban interesadas en él. Su amigo Roberto a pesar de ser bastante mono quedaba eclipsado por Tiago. Sólo Olga seguía bailando a su rollo, indiferente a los dos o tal vez dejando que nosotras nos peleásemos por ellos. Nos propusieron salir e ir a otro local. Aceptamos y al salir fuera percibimos que la cosa quedó muy despareja con sólo dos chicos para cuatro chicas. Aún así ellos fueron bien audaces y cambiando de planes nos preguntaron si queríamos ir a su casa a tomar unas copas, pues Roberto vivía bastante cerca. Como ya era un poco tarde a mi me pareció una buena idea, pues no habría muchos locales abiertos o no tardarían en cerrar. Caminamos tres cuadras y subimos al pequeño apartamento de un cuarto. Nos sentamos en los sofás del salón mientras Tiago fue a la cocina a por bebidas y Roberto se perdió en la habitación. Creo que se fue a poner un poco de orden, pues el apartamento parecía un poco descuidado. Nosotras nos quedamos sentadas mirándonos como repartiéndonos el pastel mentalmente. Nos reímos a carcajadas sin tener que decir nada. Ya todos en el salón, y con una copa en la mano, Roberto colocó música y me pidió para bailar con él. A pesar de ser música disco y no invitar al baile en pareja me lo pidió porque dijo que le había gustado mucho como bailaba en la discoteca. Yo acepté y me puse a bailar igual de sensual que en la discoteca, pero esta vez jugando con él en lugar de con Mónica. Empezamos a bailar cada vez más juntos, restregándonos y no tardé en ponerme de espaldas a él y a mover mi trasero de lado a lado de su paquete, sintiendo como ese bulto empezaba a crecer. Dejé que sus manos recorrieran mi cintura y yo alcé mi brazo derecho que coloqué detrás de su cabeza acercando su boca a mi oreja. A pesar de todo el rito sensual con Roberto, mi mirada seguía clavada en Tiago para dejarle claro que en realidad lo que quería era estar haciéndolo con él. Tiago estaba sentado en medio de Mónica y Miriam. Mónica intentaba mantener una conversación interesante con él mientras Miriam le estaba batiendo el muslo como siguiendo el ritmo de la música. Él se repartía con miradas y sonrisas para las dos y fortuitamente conmigo cuando nuestras miradas se encontraban, que era cada vez que él me miraba. Olga se lo miraba todo en silencio, como aquel que ha pagado su entrada al cine. Yo me estaba poniendo muy cachonda con los roces con Roberto y de ver como Mónica y Miriam intentaban seducir a Tiago. Roberto ya estaba bien lanzado, había bajado una de sus manos de la cintura y la tenía tocado mi culo y la otra había recorrido sendero opuesto hacia mi pecho. Cuando llegó allí y fue evidente el sobeo empezamos a besarnos y Miriam soltó un owww yeah! Sin pensarlo mucho le saltó a la yugular a Tiago y comenzó a besarlo también. Roberto me quitó la camiseta y el sujetador y acariciaba mis pechos desnudos frente a todo el mundo sin dejar de besarme. Yo tenía los ojos cerrados cuándo él me besaba pero podía sentir las miradas de los otros en mí y la verdad es que me estaba dejando bien caliente exhibirme. Cuando Roberto dejó de besarme para arrastrarme para la habitación conseguí ver como Mónica era ahora la que estaba besando a Tiago. Qué puta, a punto de casarse y montándoselo con ese guaperas. En el cuarto me dejé hacer de todo por Rodrigo, que parecía sediento y loco por follarme. A pesar de estar muy cachonda y querer follar como una perra, en realidad hubiera querido estar en la sala con Mónica y Miriam comiendo a Tiago. Cuando me di cuenta ya estaba sin bragas y con la boca de Roberto comiéndome mi sexo bien depilado. Cerré los ojos y me entregué a ese intenso placer mientras imaginaba a esas dos guarras comiendo a Tiago, quitándole la ropa, comiéndole su polla, primero una, después la otra o hasta las dos a la vez, lamiendo cada una por un lado ese miembro bien tieso. Roberto me hizo tocar el cielo mientras en mi cabeza Tiago hacía correrse a Mónica mientras se la follaba y al mismo tiempo a Miriam mientras le comía el coño. Hasta imaginé que en ese mismo instante Olga también se corría mientras se masturbaba mirando a esos tres putos depravados. Nosotros seguimos follando. Roberto a pesar de no ser un portento de la naturaleza era creativo y me colocaba de todas las formas imaginables para follarme. Había sentido su polla por todos los rincones de mi vagina repasando casi todo el Camasutra. Me tenía con mi tronco fuera de la cama y la cabeza apoyada en el suelo cuando me corrí de nuevo. Cuando fui al baño vi que ya no había nadie en casa. Sólo un mensaje en el whatsapp de Mónica que decía:
-Creímos mejor no m*****ar y volvimos para casa. Duerme en casa de Roberto o que él te lleve para casa. Si necesitas algo me llamas 😉
No conseguí esperar al día siguiente para matar mi curiosidad. Cuando Roberto me dejó en casa mandé un whats para Mónica:
-¿Estás despierta?
-Hola, acabo de echarme en la cama después de pegarme un baño.
-¿y Pablo?
-Pablo está durmiendo. Ni se ha esterado que ya he llegado.
-¿Cómo fue?
-¿Cómo te fue a ti? Por lo que daba para escuchar parecía que os lo estabais pasando en grande.
-¿A qué hora os fuisteis de la casa?
-No sé, deberían ser sobre las 5:00h. Más tarde no puedo llegar en casa. Pablo es comprensivo con nuestras salidas de chicas, pero si llego muy tarde tengo que dar demasiadas explicaciones.
-A mi me fue bien. Roberto hizo un buen trabajo, ;p
-¿Y vosotras con Tiago?
-Tú eres una cabrona. Nos pusiste cachondas con tus bailecitos y tu show y luego qué quieres. Miriam besó a Tiago, luego yo le di un buen morreo y luego me di cuenta que mientras le besaba ella le estaba tocando por debajo de los pantalones.
-Joder qué morbo. Me hubiera encantado estar allí para juntarme a la fiesta.
-Calla perra que tú te lo pasaste lindo. Nosotras nos quedamos con las ganas.
-¿Cómo?
-Tiago recibió un mensaje, nos dijo que lo sentía mucho pero que tenía que irse ¡y se largó!
-Ostia, ¡qué putada!
-Te diré. Yo que pensaba que sería mi despedida de soltera… jajaja
-Bueno, aún tenemos tiempo para eso. Tú tendrás tu despedida, no te preocupes, jajaja
-Ok, buenas noches, mañana hablamos.
La semana siguiente fui con Miriam a una agencia especializada en despedidas de solteras y solteros. Nuestra amiga tenía que quitarse la espina y teníamos que conseguirle un buen boy. Cuando estuvimos allí nos contaron que cada chico hacía siempre el mismo show, por lo que podíamos elegir el tipo de show, pero no el chico o el chico pero no el show que él hacía. Nos dieron un catálogo infinitamente más extenso que las opciones de vinos de los restaurantes con estrella Michelin, con fotos de los chicos y una breve descripción del show, así como los precios en función del paquete que eligiéramos.
-¿Hay precios diferentes según el paquete? ¿Cuánto más larga más pagamos?
-No, tenemos diferentes paquetes: el básico, solo un chico; el dúo, con dos chicos; el trío, con tres chicos; y cada uno de ellos puede tener variantes, que pueden incluir el local, la comida, la bebida…
-Ah, ok, jajaja
Dimos una buena ojeada al catálogo. Normalmente eran tipos apuestos y fuertes, pero también aparecía alguno muy feo y enclenque, creo que para hacer una broma. Los había con todo tipo de disfraces, con cierta predilección por los hombres de uniforme. Los shows eran bien variados yendo desde un simple striptease a aquellos que también incluían un final feliz. Y ciertamente los precios y los paquetes variaban mucho. No tuvimos que llegar al final. Miriam y yo coincidimos:
-¡Será éste! El paquete lo podemos discutir jajaja, pero queremos el show de este boy.
-Perfecto.
Contratamos los servicios de ese boy para una semana antes de la boda. Llegado el sábado anterior fuimos nosotras quien recogimos a Mónica en coche. Subimos a su casa, le pusimos un vestido horrendo a topos con el que la muy cerda igualmente quedó linda y una cinta de “mujer en apuros, el juego se termina”. La llevamos para el local que tenía un reservado sólo para nosotras. Éramos 13 chicas, con Mónica 14 locas dispuestas a pasárnoslo en grande. Después de un rato y de tomar unas copas la música paró de golpe. La puerta de entrada se llenó de una humareda blanca y cuando ya no se veía el otro lado de la puerta, la música sonó de nuevo y un tipo alto, fuerte, musculoso, vestido de médico hizo aparición y comenzó a bailar. Miriam y yo miramos a Mónica que tragó. Su cara superó nuestras expectativas y valió la pena todo lo que habíamos pagado. Su boca casi rasca el suelo de tan abierta que le quedó. Tiago, vestido de doctor, se paseó por la sala, sin parar de bailar y saludando personalmente a todas las que estábamos allí. Una sonrisa maliciosa se le escapó cuando nos fue reconociendo. Mónica con los ojos abiertos como platos gesticulaba con la boca algo así como “¿Cómo lo habéis conseguido?”. La verdad es que ni nosotras nos lo podíamos creer cuando revisando ese extenso catálogo encontramos la foto de Tiago. El nombre que ponía en el catálogo no era el de Tiago, pero no había dudas que era él. Nosotras no lo dudamos, Tiago tenía que estar en la despedida de soltera de Mónica. Y Tiago estuvo allí. Bailó con todas, pero mucho más con Mónica. Le hizo tirar la bata que vestía y repasar con sus manos su perfecto torso y sus abdominales definidos. La cara de felicidad de Mónica era más que evidente. Se quitó sus pantalones de una revolada en la frente de Mónica dejando en su frente un diminuto tanga que no podía disimular ese lindo y turgente culo que ella no dudó en abofetear. Después se puso la mano en la boca como si fuera una chica inocente que nunca hubiese roto un plato. Nosotras nos partíamos de risa con ella. Tiago cogió la bata de médico, se sentó encima de Mónica y cubrió sus muslos y cintura con ella, con lo que consiguió quitarse el pequeño tanga que aún llevaba sin que nadie viese nada. Tiago se recostó hacia atrás e hizo que Mónica recorriera su cuerpo con sus manos de nuevo. Ella se recreó con sus abdominales, esa magnífica tableta de chocolate, y también con sus definidos pectorales a lo Tarzán de la jungla. Le lamió y le mordió suavemente el cuello mientras nos miraba. Todas empezamos a ver como una enorme tienda de campaña blanca iba levantándose hasta convertirse en un perfecto edificio. Mónica metió las manos por debajo de la bata blanca y pudo sentir ese monumento. Poco después Tiago se levantó de golpe dio algunos movimientos de pelvis contra la bata que hicieron volar nuestra imaginación intentando adivinar el tamaño exacto de ese monstruo para poder elevar la bata de aquella forma. La música desapareció y con ella Tiago.
-¡Sois unas hijas de puta!, ¡es la segunda vez que estoy tan cerca de ese tipo y me voy a quedar de nuevo con las ganas de catarlo!
-¿Y cómo es su paquete? Tú que metiste la mano por ahí debajo…
Mónica miró a Miriam y las dos se echaron a reír.
-¡Es enorme! -gritaron.
La semana transcurrió con normalidad para nosotras. Para Mónica sólo con un poco de nervios, o eso es lo que nos contó a nosotras. El día de la boda estaba radiante. No podía ser de otro modo. La ceremonia fue divertida, con un padre que tenía preparada una batería de chistes sobre el matrimonio. Los llenamos de arroz y pétalos de rosas al salir de la iglesia. No paraba de mirar a la novia y pensar lo bonita que estaba. Cuando fue el momento de besar a la novia le di dos enormes y sonoros besos. No sé porqué me acerqué por su lado izquierdo y ella tuvo que mover la cabeza en el último momento sino nos habríamos besado en la boca. Los besos igualmente quedaron bien cerca de la comisura de nuestros labios y sentí la humedad de su boca en los míos. La abracé muy fuerte mientras le deseaba suerte, sintiendo nuestros cuerpos vibrar y fundirse en uno. Fue una sensación extraña, muy carnal, por lo menos por mi parte, porque ella no paraba de recibir besos y más besos, abrazos y más abrazos. Luego nos dirigimos al hotel restaurante de la fiesta. Como yo quería beber con tranquilidad había dicho que iba a pasar la noche en el mismo hotel, donde también se quedaban los novios y otros invitados. A mí me habían colocado en una habitación doble con dos camas separadas con un chico que Mónica me había dicho que era muy majo. Quedarme en el hotel era a todas luces la mejor opción, especialmente porque sólo llegar nos dieron una copa de champagne e íbamos a tener barra libre durante toda la noche. Sólo esperaba que mi compañero de habitación realmente fuera “majo”. Los camareros, muy profesionales, no esperaban a vaciarse las copas para volver a llenarlas lo que hizo que rápidamente empezase a sentir los efectos del alcohol. Fuimos comiendo unos entrantes deliciosos, pero yo tomaba más que no comía. Me senté en una mesa redonda donde estaba escrito mi nombre. A mi lado derecho estaba sentado un chico que se presentó como Alejandro, mi compañero de cuarto. Él era bastante más guapo de lo que había imaginado. Durante la comida tuvimos tiempo de conversar bastante. Yo vi que tanta conversación respondía a un interés hacia mí, porque casi no había cruzado dos palabras con la chica que tenía sentada a su derecha. Durante la cena me acerqué a la mesa presidencial para hablar con los novios y comentarles lo lindos que estaban y lo fantástica que era la fiesta. Me coloqué en el medio de los dos y subí un poco mi vestido para ponerme casi de cuclillas y quedar al mismo nivel que los novios que estaban sentados. Sin darme cuenta, mi vestido se abrió por arriba, dejando ver gran parte de mis pechos para ellos dos, así como el final de mis medias en la altura de los muslos. Yo coloqué mi mano derecha en el muslo de izquierdo de Pablo y mi mano izquierda en el muslo derecho de Mónica. Cuando les hablaba les fui acariciando sin ser muy consciente de lo que hacía por lo emocionada que estaba y pensando en lo que les quería decir. Fue cuando me levante que tuve que hacer un poco de presión en sus piernas para poder darme impulso y levantarme que rocé el paquete de Pablo y me di cuenta de lo cerca de sus ingles que había estado tocándoles. Cuando volví a la mesa Alejandro quiso saber qué había conversado con ellos. No sé si por mis copas de más pero le solté que no habíamos hablado, sólo nos habíamos tocado. Se quedó parado un segundo y luego me soltó:
-Yo también no quiero hablar más contigo, sólo quiero tocarte.
-Pues venga.
Dejó de mirarme y siguió comiendo, con gran pericia, sólo con su mano derecha, pues la izquierda la metió debajo de los manteles y encima de mis piernas. Y como yo no dije nada él fue subiendo sus caricias desde la rodilla hasta mis bragas. Comenzó a acariciarme y vi como hacía esfuerzos para intentar quitarme las bragas, pero el vestido quedaba muy ajustado y era imposible sacarlas con una mano desde esa posición. Lejos de desistir, tiró un cubierto al suelo y se metió bajo la mesa “para recogerlo”. No tardé nada en sentir sus manos subiendo mi vestido. Yo levanté un poco mi trasero de la silla para facilitar el trabajo y extendiendo dos dedos de cada mano para llevarse piernas abajo mis bragas. Un airecito refrescó mi coño. Él no tardó en aparecer de nuevo y volvió a sentarse con una sonrisita en la boca. Los otros comensales estaban bastante distraídos y ni se habían dado cuenta de su inmersión, con lo que pusieron cara de extraño al verlo salir de debajo de la mesa. Él levantó el cubierto que había “caído” como justificación. Sus caricias entre mis piernas no tardaron en volver. Yo empecé a sentirme cada vez más húmeda e abría mis piernas todo lo que el ajustado vestido permitía. El rozaba mis labios con ternura sin llegar a meter ningún dedo dentro. Eso me estaba dejando muy excitada y cuando ya estaba a punto de suplicar que los metiera dentro fue el turno de los novios abrir el baile. Lo hicieron con un tango en lugar del tradicional vals y luego todo el mundo se fue juntando a ellos. Nosotros fuimos de los últimos en añadirnos. El baile parecía divertido, pero nosotros nos lo estábamos pasando bastante bien, especialmente yo. Se acercó Miriam donde estábamos sentados, me cogió de la mano y me dijo:
-¡Venga, vamos a bailar!
Alejandro retiró su mano de mi coño. Me recompuse un poco y me levanté bajando un poco mi vestido. Miré a Alejandro y me di cuenta que para él sería más complicado levantarse sin que nadie percibiera lo que habíamos estado haciendo. El disimulaba su erección entre los manteles y una posición medio encorvada. En la pista además de bailar seguí tomando, y conversando con varios chicos. Con Alejandro también cuando se reunió con nosotros después de pasar por el baño.
-¿Qué has hecho con mis bragas?
-No te preocupes, están a buen recaudo. Esta noche te las doy en el cuarto.
Fue en ese momento que me di cuenta que es mucho mejor ir soltera a una boda que con pareja. Bailar sin ropa interior me dejaba con una sensación de libertad aunque un tanto incómoda, pues sentía mis flujos, producto de la excitación de todo el manoseo de Alejandro, bajando por entre mis piernas. La música paró por un breve momento y la novia llegó para lanzar el boquete de flores. Ese era mi momento. El boquete tenía que ser mío. Cuando lo vi volar salté atrás de él pero no lo conseguí agarrar. Pero eso no fue lo peor. En mi forzado intento y mi descoordinación por causa del grado etílico que corría por mis venas y por las evidentes limitaciones que mi vestido provocaba me resbalé y caí de bruces en el suelo. Me corté mi barbilla y empezó a sangrar abundantemente. También me dolía el codo y la rodilla derecha por el golpe, aunque no reparé en ello hasta un buen rato después por lo aparatoso que era el corte de mi barbilla. Un corro de personas me rodearon algunas para ayudarme y otras por la mera curiosidad. Los veía alejarse después de poner caras de espanto, lo que me dejó un poco preocupada. Alejandro se ofreció para llevarme hasta el hospital más cercano. Mónica quería acompañarme también. Yo me negué. No iba a dejar que terminara el día de su boda en el hospital por mi culpa. No tardamos en llegar y como era muy tarde casi no había nadie en urgencias. Esperamos sólo 5 minutos. Suficientes para sentir como mi cabeza daba vueltas por el efecto combinado del alcohol y de mi contusión. Cuando entré en la sala me atendió un doctor bien atractivo a pesar de estar cerca de los 40. Por un momento pensé en Tiago.
-¿Sabe que yo tengo un amigo que también es médico? –Le dije sonriendo.
-Aha. ¿Qué ha pasado?
-Estaba en una fiesta, creo que bebí demasiado, me resbalé y caí al suelo.
-¿Dónde te golpeaste?
-Aquí en la barbilla, en el codo y en la rodilla.
-Ok, vamos a examinar todo eso. Puedes tumbarte en la camilla.
Para subirme a la camilla tuve que subirme un poco el vestido y una vez en ella ya no tuve más fuerzas y me dejé caer sin reparar que mi vestido ya no tapaba mis bragas. Pero no importaba. Pensé que el médico habría visto ya muchas. Lo que no me acordaba es que ya no llevaba las bragas y era todo mi sexo que se podía ver fácilmente con una leve inclinación de cabeza. El médico revisó mi barbilla y comentó que habría que poner unos puntos. Agarró mi brazo y fue reconociendo mi codo y luego empezó a mover la articulación. Comentó que todo parecía estar en orden allí, una simple contusión. Hizo lo mismo con mi rodilla. Primero fue tocándola y luego intentó mover la pierna doblándola y extendiéndola y luego con movimientos rotatorios. Después de tanto movimiento mi vestido se había subido un poco más y con esos movimientos circulares en que abría y cerraba mis piernas todo mi coño quedó expuesto. Fue cuando empecé a escuchar un leve shep shep que me di cuenta que no llevaba puestas mis bragas y mi coño mojado saludaba al doctor. Él también se dio cuenta y a pesar de seguir moviendo mi pierna ya no la estaba mirándola más. En un estado normal me habría muerto de vergüenza, pero en ese momento cerré los ojos y me relajé. Cuando paró de hacer girar mi pierna se alejó, buscó un material y empezó con la sutura de mi barbilla.
-Doctor, hágame un buen trabajo, no quiero que me quede ninguna señal.
-Claro, como no iba a hacer un buen trabajo a una chica tan guapa como tú. Vas a seguir igual de guapa cuando termine.
Mientras iba colocando los puntos percibí que su profesionalidad inicial había ido pasando para un trato cada vez más personal. Cuando terminó la sutura colocó un antiinflamatorio en espray en el codo y en la rodilla y volvió a tocarme alrededor de la rodilla.
-¿Por aquí no te duele?
-No, por aquí no.
-¿Y por aquí un poco más arriba?
-Aquí un poco -Respondí leyendo sus intenciones.
El fue subiendo con su mano con ese juego de pregunta respuesta hasta que llegó a mi coño.
-Ahí debe estar inflamado, porque siento mucho calor.
Empezó a tocarme mientras con su otra mano llevaba la mía hasta su paquete y me decía:
-¡Mira cómo me has dejado!
Él estaba todo duro y sentirlo así me dejó más excitada. Empezó a meterme sus dedos mientras se bajaba los pantalones y dejaba su rabo descubierto abriendo en dos su bata blanca por debajo del último botón abrochado. Empecé a acariciar su polla dura y caliente.
-Quiero que me des algún remedio para mi calentura. Tal vez podría ser una inyección.
Me izo bajar de la camilla, me dio la vuelta, me subió el vestido y me echó de cara a la camilla aún estando en pie. Yo separé mis piernas para facilitarle el trabajo y noté como metió su polla hasta el fondo. Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo y ya sólo quería que no parase de poseerme. Se me pasaron todos los dolores de golpe y sólo sentía ese calor inundando mi cuerpo. El doctor bombeaba con ganas, hasta me jaló de los pelos para darse más impulso. Fue acelerando el ritmo y me temí que se fuera a correr muy rápido. Yo sólo estaba entrando en calor y quería que no parase. Siguió dándome por un buen rato y mis gemidos cada vez más fuertes se convirtieron en gritos. Era bien dulce el meneo del doctor. Él me tapó mi boca para que no nos oyeran fuera de la sala y me dio más fuerte. Llegando al orgasmo fue él quien tuvo que ahogar su grito y sacando de mí su rabo lanzó todo su semen encima de mi culo.
-¿Te sientes mejor con mi remedio?
-Mucho mejor, pero creo que necesito más dosis.
-No puedo recetarte nada, sólo marcar una próxima visita para dentro de una semana para ver cómo evolucionan tus contusiones.
Cuando salí de la sala Alejandro salió a mi encuentro.
-Estaba preocupado. Has tardado mucho. ¿Han tenido que hacerte radiografías?
-Eh, sí, fue eso.
-Y ¿dónde están?
-Eso, se las quedó el médico.
-¿Dolió mucho cuando te colocó los puntos? Me pareció oírte gritar.
-Un salvaje ese doctor. Yo creo que me suturó sin anestesia.
-En urgencias nunca sabes lo que te va a tocar…
Cuando volvíamos en coche para la fiesta Alejandro empezó a acariciarme el muslo y no tardó en volver a tocarme.
-Tía, ¡está súper mojada!
– Claro… te has pasado la mitad de la cena tocándome y dejándome loca.
– Pues cuando lleguemos al cuarto lo terminamos.
Antes de subir a nuestra habitación pasamos por la fiesta y vimos que ya casi todo el mundo se había ido. Sólo los más fiesteros seguían bailando al ritmo que el dj marcaba. Al vernos entrar, Mónica y Pablo fueron a recibirnos.
-¿Cómo estás? ¿Te duele?
-Estoy bien. Ahora ya casi no siento nada. Creo que ha sido el remedio del doctor que ha funcionado bastante bien.
-¿Te han tenido que poner puntos?
-Creo que 5, pero me ha asegurado que no se va a notar nada. Ahora me voy para la habitación.
Pablo le preguntó alguna cosa a Alejandro y yo aproveche para pedirle a Mónica que me acompañase al baño.
-Debes estar toda dolorida y es bueno que ya vayas para la cama.
-Me voy para la cama pero no para dormir. No voy a la habitación porque esté cansada o porque esté dolorida. Voy porque estoy toda mojada y tengo ganas de más fiesta.
Le conté como Alejandro me había tocado durante la cena, como el médico se había aprovechado de mí y cómo yo me había dejado y como Alejandro me había vuelto a encender en el coche de vuelta al hotel.
-Con Pablo ya comentamos durante la cena que se te veía muy suelta y feliz. Cuando te acercaste a hablar con nosotros vi como Pablo se puso medio excitado por tus caricias. Y tengo que decirte que lo dejaras así a mí también me dejó muy excitada. Si te soy sincera ya me habías dejado medio trastornada con tus besos al salir de la iglesia.
-Pensaba que sólo me había pasado a mí.
-Y después de venir a hablar con nosotros empecé a imaginar una noche de bodas un poco diferente.
-Calla que me estoy poniendo más caliente de lo que ya estoy.
Mónica me metió dentro de una privada y empezó a besarme. Nos acariciamos y adoré sentir ese perfecto cuerpo pegado al mío. Cuando sus caricias llegaron a mi sexo exclamó:
-Sí que estás cachonda sí. Tú estás necesitando un buen polvo, bueno, uno más, y creo que a Pablo le va a encantar que te lo demos.
-Y yo quiero que me lo deis. ¿Cómo lo hacemos?
-Voy a decirle a Pablo que se despida de todo el mundo para irnos ya a nuestro cuarto. Tú puedes quedarte por aquí en la fiesta o ir al tuyo y nos encontramos en nuestro cuarto dentro de 10 minutos. Es la habitación 311.
Cuando salimos del baño Pablo y Alejandro nos estaban esperando. Ya ni me acordaba de Alejandro. ¿Qué íbamos a hacer con él? No quería que me pasase como esa noche con Tiago, que me terminé enrollando con Roberto en lugar de quedarme con Mónica, Miriam y Tiago que era lo que realmente quería. Mónica y Pablo se fueron para la fiesta a terminar de despedirse del resto y yo le dije a Alejandro que me iba a la habitación.
-Te acompaño.
Entramos en el ascensor y ya vi que Alejandro seguía estando como una moto. Se me acercó y me besó con cuidado y me empezó a acariciar mis pechos por encima de mi vestido. En el cuarto él quería quitarme la ropa y yo no me dejé. Me tumbé en mi cama y le dije:
-Quiero que me hagas un stiptease.
-No tenemos música.
-Da igual. Quítate la ropa sensualmente.
Se fue iba quitando cada pieza, la hacía girar por encima de la cabeza y las iba lanzando. Corbata, chaqueta, camisa, pantalones, calzoncillos… Cuando hubo quedado desnudo le pedí para tumbarse en su cama y cerrar los ojos. Cogí mi pañuelo y su corbata y me senté al lado de él.
-¿Ya puedo mirar?
-No, aún no.
-¿Qué estás haciendo?
-Es una sorpresa.
-Me encantan las sorpresas.
Con el pañuelo y su corbata até sus puños a la cabecera de la cama y apagué la luz. Desde la puerta del cuarto le dije:
-Voy a buscar una cosita. No te muevas.
-Aunque quisiera… jajaja
Cerré la puerta y me fui para la habitación 311. Llamé con un nudo en la garganta. Mónica abrió con una sonrisa que me tranquilizó. Entré y Mónica cerró la puerta tras de mí. Pablo que estaba de pie dos metros frente a mí se me acercó y cuando creí que me iba a besar fue Mónica que por detrás me giró la cabeza y juntó sus labios con los míos. Sentí mi cremallera abrir mi vestido y sentir como este caía a mis pies. Quedé vestida sólo con mi sujetador y con mis zapatos. Mónica no dejaba de besarme en la boca, así quien ahora estaba pesando mis otros labios era Paulo. Empezaba a sentirme en el paraíso, sintiendo esas dos lenguas entrando en mí y sus cuatro manos acariciando mi cuerpo. Me quitaron el sujetador y siguieron besando y acariciando todo mi cuerpo. Casi que no me lo podía creer. Era mejor que en mis fantasías. Estaba en la cama con esa semidiosa y su rebelde y gentil novio, digo marido. Los dos comiéndome y llenándome de placer. Alguna vez paraban, se miraban, se sonreían, se besaban y me seguían comiendo. Creo que no estuve tan excitada en toda mi vida. Mónica se sentó en mi cara y comencé a lamerle su coño. Ella abrió mis piernas y Pablo metió su rabo dentro de mí. Mónica estaba en lo cierto, el rabo de Pablo era formidable. Me sentí toda llena. Pablo imprimió un dulce ritmo y sus embestidas eran cada vez más fuertes y vigorosas. Cuando pensé que ya me iba a correr el paró y Mónica se dio la vuelta y empezó a chuparme el coño. Pablo aprovecho para ponerse detrás de ella y follarla mientras me chupaba. Mónica no siempre acertaba a lamer mi coño por las sacudidas que Pablo le propinaba. Verla a ella tan extasiada me dejaba muy mojada. Tan mojada que en cualquier lamida podría correrme. Después de unos intensos gemidos fue ella la que se corrió y se tumbó a mi lado. Mi miró y me besó de nuevo cuando sentí que Pablo se metía dentro de mí otra vez. Sólo la metió una vez, después la sacó muy lentamente y levantó mis piernas. Escupió en mi trasero y empezó a meterme lentamente su polla por mi culo. La metía un poco y volvía para atrás. La metía un poco más y volvía para atrás. De este modo fue ganando espacio y sin que me doliese nada consiguió meterla lentamente hasta el final. Yo no había tenido mucha experiencia con el sexo anal, pero me estaba resultando muy dulce y placentera. Llegué al orgasmo como por sorpresa, sin previo aviso, sin un “crescendo” gradual. Llegó, inundó todos mis poros i me dejó profundamente extasiada. A Pablo mis convulsiones lo habrían dejado loco o simplemente esperó a que me corriera para él terminar en un profundo y gozoso orgasmo dentro de mi culo. Pablo se dejó caer en la cama para el lado opuesto de Mónica. Sentí durante un buen rato temblar mi cuerpo. Abrí los ojos y me encontré con la cara de alegría de Mónica y eso me dejó aún más feliz. Si eso no es el paraíso…
Y en ese estado de completa felicidad y relajación un pensamiento pasó por mi cabeza: Alejandro atado a la cama.

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