Ana, el mecánico y la casa en la playa

Blowjob

Ana, el mecánico y la casa en la playa
Ana, el mecánico y la casa en la playa

En los días siguientes a la tremenda cogida que le había pegado el morocho brasileño, a mi dulce mujercita le dolía bastante su delicada concha. Los labios vaginales continuaban totalmente inflamados, a tal punto que le irritaba hasta el contacto con la ropa interior, por lo tanto anduvo todo ese tiempo vestida con minifaldas y sin tangas, lo cual me provocaba un deseo irrefrenable de cogerla cada vez que se inclinaba y me dejaba ver esa hermosa abertura.

Lo único que me permitía era pasarle mi lengua por su delicado clítoris hasta hacerla acabar y en retribución ella me chupaba la verga durante horas.
Por unas semanas se tranquilizó su terrible calentura de querer coger con otros.

Como ya se acercaba el verano, decidimos tomarnos unos días libres en nuestros trabajos y hacernos una escapada a la costa, a una pequeña casita frente al mar.
A Anita ya se le había pasado el dolor; su dulce vagina recuperaba su forma habitual, justo para que yo pudiera disfrutarla en esos días, sin tener que pensar en el hijo de puta de Ricardo y sus amigotes de enormes vergas.

La primera noche fuimos a cenar afuera y a dar una caminata por la playa, luego de lo cual regresamos a casa y comenzamos nuestra sesión se sexo sin siquiera llegar a la habitación. Ya en el umbral comenzamos a desnudarnos y a recorrer nuestros cuerpos con las lenguas y los labios. Anita tuvo su primer orgasmo antes de entrar al salón. Luego la cargué en brazos hasta dejarla en el sillón principal, donde entrelazamos nuestros cuerpos y cogimos salvajemente durante toda la noche, hasta caer rendidos por el cansancio.

Los días siguientes fueron gloriosos. Pasábamos la tarde tomado sol frente al mar, cenas románticas a la luz de las velas y por las noches cogíamos en cualquier lado, ya fuera en la oscuridad de la playa, entre los médanos de arena o en la puerta de calle, a la vista de quien pasara por el lugar. Por suerte la casita estaba un poco alejada de otras, así que los gritos y alaridos de Anita solamente los disfrutaba yo.

El fin de semana amaneció algo nublado, pero de todas maneras fuimos a la playa sin cambiar nuestra rutina. Allí estábamos yaciendo distraídamente, cuando una sonora carcajada y una conocida voz me volvieron a la realidad, sacándome de este sueño ideal.

Allí estaba el imbécil de Ricardo, su cuerpo musculoso bien bronceado, vistiendo solamente un ajustado y diminuto slip, que dejaba adivinar el enorme bulto debajo. Mi bronca comenzó a aflorar, pero entonces Ana me abrazó, diciendo que extrañaba un buen macho que la sodomizara bien duro, así que había llamado a Ricardo para que le hiciera ese favor…

“Qué pasa Flaco, no te pone contento que haya venido a visitarte??”
Antes de que yo atinara a contestarle, el muy turro ya estaba sentándose junto a Ana, mientras le pedía que se colocara boca abajo para que sus rudas manos pudieran masajear esa hermosa cola.
Mi mujercita comenzó a gemir suavemente, mientras sentía que unos dedos le corrían la tanga a un costado y acariciaban sus labios vaginales. Observé que muy despacio le iba metiendo los dedos adentro de la concha, mientras Ana levantaba la vista y se sostenía de mis manos. Así me mantuvo la mirada, dedicándome todo su placer hasta que alcanzó un primer orgasmo, temblando en silencio sin dejar de mirarme.

Ricardo sacó los dedos humedecidos y lamió la esencia de mi esposa…

“Qué les parece si vamos a un lugar más privado para seguir con esa colita?”

Ana sonrió encantada y se levantó de un salto, dándonos la espalda mientras se dirigía al camino de salida de la playa. Balanceaba sus caderas más de lo acostumbrado, sabiendo que Ricardo no le quitaba la vista de encima.
Para mí era una tortura, me excitaba el hecho de verla nuevamente sodomizada por otro hombre, pero al mismo tiempo me fastidiaba que fuera ese hijo de puta…

Al llegar a la casa Anita se dirigió al sillón principal de la sala y allí se acomodó boca abajo, arqueando su hermoso cuerpo al estilo perrito. Ricardo casi arrancó su pequeño slip y se acercó a mi esposa, tomándose la enorme verga con las dos manos, mientras se la masajeaba buscando el tamaño máximo que podía alcanzar.

Le quitó la diminuta tanga deslizándola suavemente por sus hermosas piernas y me la arrojó a la cara, diciéndome que por hoy eso era lo único que iba a obtener de mi mujercita, porque después de que la cogiera él, no iba ni siquiera poder sentarse…

La tomó por las caderas y le apoyó suavemente la enorme pija sobre los humedecidos labios vaginales, frotándolos con ella, pero entonces Ana giró y dijo:

“Estoy ovulando y sería peligroso… necesito una buena verga dentro de mi cola”.

Ricardo estalló en una carcajada y le pidió que se diera vuelta y acostara boca arriba sobre el sillón, dijo que quería verle la cara de dolor mientras le hundía la verga en el culo.
Mi esposa obedeció sin chistar, abrió sus hermosas piernas apoyando los pies sobre los hombros de mi amigo y comenzó a tocarse el clítoris con los dedos, mientras comenzaba a gemir suavemente.
El mecánico dirigió su enorme pija hacia la entrada de la vagina, pero nuevamente siguió frotándole el glande sobre esos ya inflamados y abiertos labios.
Mi esposa continuaba gimiendo cuando Ricardo se deslizó hacia adelante en una furiosa embestida, penetrando su lubricada concha hasta el fondo, haciendo que Ana dejara escapar un grito de dolor y sorpresa. Quiso retroceder para sacarse ese duro pedazo de carne, pero el hijo de puta la sostuvo por las caderas y comenzó a bombearla con mucho ímpetu.
Mi esposa gemía furiosamente y le pedía que se la sacara, que no acabara adentro, pero al mismo tiempo se movía al ritmo del tipo y empujaba sus caderas hacia adelante, al encuentro de esa enorme verga. Estaba enloquecida de placer, le pedía una cosa que sabía era imposible de aceptar, la cadencia del hijo de puta era increíble, la bombeaba con furia salvaje, haciendo que mi esposa se balanceara y aullara pidiendo que no dejara de cogerla.

Después de advertir que ella había tenido un par de orgasmos, él repentinamente se salió de la vagina, mostrando su pija durísima todavía sin acabar y sorpresivamente la metió de un solo golpe bien a fondo en el culo de mi mujercita, que dejó escapar un lastimero grito de dolor.

Eso era lo que precisamente quería ese hijo de puta, ver a Ana llorar de dolor.

“Te gusta, perrita? Así quería tenerte, llorando y pidiéndome más verga!”

Ana ahora parecía enloquecida, pedía que no dejara de cogerla de esa manera tan brutal, tenía la mirada perdida y jadeaba sin parar, mientras movía sus caderas…

Pude ver que se estaba acariciando el clítoris con una de sus manos y en pocos minutos sus muslos se levantaron y tensaron apretando la cintura de Ricardo, mientras un interminable alarido de placer dejaba ver que mi mujercita alcanzaba otro orgasmo mientras le rompían el culo.

Mi amigo sonrió satisfecho al notar el goce de Ana, pero no dejó de bombearla con brutalidad, su enorme y tiesa verga entraba y salía con un veloz ritmo de la castigada cola de mi dulce esposa. Así estuvo un largo rato, metiéndole la pija con mucha violencia, abriendo ese estrecho ano, mientras le pegaba palmadas en sus firmes nalgas. Finalmente el hijo de puta arqueó su espalda y acabó dentro de ella.

Muy despacio se desprendió del abrazo de las hermosas piernas de mi esposa y se salió de ella, mostrándome que su poderosa herramienta todavía seguía erecta.

Sonrió estúpidamente, recogió su diminuto slip del suelo; pero entonces toda mi bronca acumulada por su brutalidad afloró repentinamente y lo empujé hacia la puerta, gritándole que desapareciera de nuestras vidas…

Pero el turro siguió sonriendo, diciendo que tal vez podría volver por la noche a gozar nuevamente del castigado cuerpo de mi esposa antes de regresar.

Ella seguía boca arriba sobre el sillón, las piernas bien abiertas dejaban ver la entrada de sus dos orificios, totalmente dilatados por la brutal cogida. Luego de recuperar un poco el aliento se acercó a besarme, me pidió otra vez perdón por haber invitado a ese hijo de puta; me dijo que me amaba y después se dirigió en forma tambaleante hacia el baño… le costaba caminar.

De repente giró y me dijo que el resto de la noche solamente yo gozaría de su cuerpo…

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