Una mano en el culo equivocado

Una mano en el culo equivocado
Estábamos pasando unos días de playa con Ana, ya que ella había aceptado compartir los gastos con otra pareja de amigos, Diana y Gustavo.

Al tercer día, estando en la playa, entré a la carpa que habíamos alquilado para guarecerme un poco de tanto sol. Encontré a Anita inclinada sobre un bolso, buscando algo en su interior. Su malla enteriza roja se hundía entre los pliegues de su perfecto culo redondo y firme…
Quise jugar con ella y con mi calentura de ese momento. Entonces deslicé mi mano acariciando sus hermosos cachetes y hasta hice que uno de mis dedos se colara en la humedad de su deliciosa concha.

Ella dejó escapar un ligero chillido de sorpresa y se incorporó de un salto. Al girar su cabeza, comprobé que ese culo redondo y firme, enfundado en esa malla roja, era en realidad el de Diana…

Comenzó a gritar como una loca, tratándome de degenerado. Sus alaridos atrajeron la atención de nuestros cónyuges, que se apresuraron a entrar en la carpa. Ana puso cara de sorpresa, pero yo sabía que se estaba divirtiendo con esa situación tan grotesca y absurda.

Gustavo en cambio se alteró demasiado; me gritó de todo y acusó a su mujercita de querer hacerlo un cornudo. De nada sirvieron mis excusas y ninguno de ellos, incluyendo a Diana, creyeron que se trataba de un error…
Nuestro amigo finalmente se calmó, pero al rato me amenazó diciendo:

“Te hiciste el piola con mi mujer… yo me voy a coger a la tuya…”

Después de tan lamentable incidente, la tarde continuó en medio de un ambiente tenso. Compartimos unos mates, nos dimos un chapuzón en el mar; pero ya todo fue sin siquiera una sonrisa o un gesto de buena onda.

Antes de la caída del sol; Ana anunció que regresaba al nuestro departamento, diciéndome que yo fuera cuando quisiera. Unos minutos después también desapareció Gustavo, sin decir una palabra.

Diana juntó sus cosas en silencio, me miró de reojo con bronca, se calzó su sombrero de paja en la cabeza y, sin despedirse, se alejó moviendo seductoramente sus redondas caderas y su firme culo… siempre enfundado en esa maldita malla enteriza roja, causante de todo el asunto…
Un rato después el cielo se nubló y decidí entonces que era hora de dejar la playa y tratar de hacer las paces con mi dulce mujercita; aunque sabía que ella no estaba tan enojada como nuestros amigos.
Llegué al departamento y me sorprendió no encontrar a Anita esperándome

Una hora después apareció mi seductora esposa, todavía vestida de playa.
Me saludó sonriendo y supe que ya no estaba enojada.
Peor aún, tenía una expresión relajada como si hubiera terminado de coger.

Le pregunté un poco intrigado de dónde venía y ella me contestó que no me hiciera el boludo… porque sabía muy bien de dónde venía…
Le dije que yo no entendía nada y que quería una explicación…
Anita entonces se despachó con su relato:

“No te voy a mentir sobre lo que acabo de hacer…
Yo entiendo que Diana tenga un buen culo, pero querer cogértela en la carpa, casi a la vista de tu amigo y de tu propia esposa, eso estuvo bastante flojo.
Gustavo tenía razón, si vos pudiste, él también podía intentarlo.
Me alcanzó al dejar la playa y me invitó a ir a su departamento.
Yo llegué con mucha arena y él me ofreció una toalla para bañarme.
Me dijo que mi cuerpo siempre lo había excitado y que siempre había querido verme en tetas; ya que las mías son naturales y él está cansado de Diana, que las tiene operadas.
Me pareció algo justo, ya que vos le toqueteaste el culo a su mujercita.
Me bajé la malla hasta la cintura y Gustavo se quedó extasiado mirándome las tetas.
Se le puso la verga muy dura; lo pude ver a través de esa mallita que usa.
Me empujó sobre un sillón, me abrió las piernas, corrió mi malla a un lado y me lamió la concha como un enloquecido. Me dijo que siempre había soñado con tenerme así, abierta de piernas, a su disposición.
Me chupó la concha muy, muy bien; me hizo acabar como a una perra.
A mí me dolía un poco todavía de lo bien que me cogiste vos anoche; así que no dejé que tu amigo me la metiera.
Pero él me pidió, me rogó y me insistió que no lo dejara así al palo.
Para dejarlo tranquilo, me agaché frente a él y lo empecé a pajear.
Con una mano, con la otra, con las dos. Le escupí la pija y mientras lo miraba a los ojos, le hice una paja que no va a olvidar nunca.
Su pija bien dura me excitó y, al final, me la metí entre los labios y me la devoré, chupándosela hasta que lo hice acabar en mi boca.
Ahora, mientras vos te haces una paja recalculando todo lo que te conté, yo me voy a ir a bañar, que estoy bastante sucia.
La próxima vez, no te hagas el galán con las esposas de tus amigos…”

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