Elena: Capítulo I

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Elena: Capítulo I
Estábamos comiendo juntos cuando de repente me dijo: Cari, ¿has engordado un poco, no? No venía a cuento aquel comentario, pero sí que era cierto que había cogido algo de peso después de dejar el gimnasio debido al cambio de turno en el trabajo. Había perdido definición en los brazos y pectorales, y tenía algo de barriga, pero no mucha. Nada de lo que preocuparse.

-¿Y por qué dices eso ahora, Elena?

Me respondió mientras comía, sin darle importancia.

–No, nada. Es que últimamente veo que la ropa te queda más ajustada y estás echando algo de tripa

También influía el hecho de que seguía comiendo como si todavía estuviera entrenando, lo cual no ayudaba a mantener un peso estable.

-Bueno, no te preocupes. Cuando tenga un poco más de tiempo me pongo a entrenar otra vez y estos kilos de más se van volando.

-Por mí no lo hagas, eh. Así gordito tienes también un punto atractivo. Pero si tú te ves feo eso ya es otra cosa.

Elena en esta comida me estaba sorprendiendo bastante. Primero me hace esta pregunta tan rara y luego me dice esto, cuando siempre le han gustado los hombres delgados. Pero daba igual, me tenía que ir a trabajar justo después de comer, no tenía tiempo para cábalas.

-Elena, me tengo que ir- dije mientras recogía mi plato y lo llevaba a la cocina.

-Vale, pero espera un momento que te de la merienda para luego.

Estaba esperando en la puerta cuando me di el tupper y un beso –No te entretengas mucho a la hora de volver, ¿eh? Vente directo a casa

-Tenía pensado tomarme unas cañas con los amigos, pero vale. Salí de casa y mire el tupper: un trozo de bizcocho relleno de crema pastelera de grande como mi cabeza. Se había pasado tres pueblos, pero bueno, sabiendo lo buena repostera que era Elena iba a estar delicioso y sería muy complicado no comérselo entero.

Después de la jornada, llegué a casa y me dispuse ponerme el pijama. Mientras me desnudaba me mire en el espejo del armario y sí que era evidente que estaba más gordo: muslos, barriga, brazos y hasta los pectorales me habían crecido. En ese momento, Laura se puso detrás de mí silenciosamente y me agarro de mis nuevos michelines.

-Mmm… si que te estas poniendo gordito- dijo mientras pasaba a acariciar mi barriga. –Antes aquí estaban tus abdominales, pero ahora esta esta tripita tan mona. ¿Te comieste todo el bizcocho que te di, verdad?

-Eh… si. Oye Elena, me gustaría hacerte una pregunta y me gustaría que la respondieses sinceramente. Elena se sentó en el borde de la cama y dijo –Claro, adelante.

-¿A ti te gusta que yo este engordando, verdad?

Elena se sonrojó un poco. –Sí, la verdad es que si. Desde que dejaste el gimnasio y cogiste esos kilos de más, el sexo contigo ha mejorado bastante. Es mucho más placentero… y te veo más atractivo. Es raro, porque los hombres gordos no deberían ser atractivos, pero ahora me pones mucho más que antes… Solamente de pensar en esa tripa y en esos pechitos que tienes… mmm… me vuelvo loca- dijo mientras se levantaba de la cama y se dirigía hacia mí.

Sin mediar palabra, se acercó y delicadamente empezó a retorcerme el pezón izquierdo mientras me sobaba la tripa.

-¿Te gusta, eh gordi? Tu cuerpo es mucho más sensible ahora que cuando eras un palo, ¿no?

No podía ni pensar en responder. El placer inundaba todo mi cuerpo. Antes de que ni siquiera pudiera pensar en responder, besé a Elena y nos tiramos en la cama. Tenía razón gracias a la grasa ahora sentía todo mucho más, era increíblemente intenso. Mientras yo la besaba, ella me agarraba los michelines y el culo al tiempo que gritaba -¡Te has puesto como una vaca, mira lo gordo que estas! Inexplicablemente esto hacia que me pusiera más y más cachondo cada vez que me decía lo gordo que estaba. Finalmente lo hicimos varias veces antes de caer rendidos. A la mañana siguiente empezó nuestra nueva vida…

Después de aquel día, no volvimos a hablar del tema. Pero era evidente que Elena me estaba tratando de cebar. Y como no, yo me estaba dejando como un buen cerdo. Los desayunos pasaron de ser una tostada sola con un café a un despliegue de yogur, cereales, tostadas con mantequilla y batido de chocolate; la comida, platos a reventar de todo, con su conveniente postre al final; y de colofón final una cena copiosa y abundante que solía ser pasta o pizza (casera, eso sí). Por no hablar de todo el picoteo que comía a lo largo del día gracias a que Elena siempre estaba haciendo bizcocho, magdalenas, croissants y demás tentaciones.

El efecto de este banquete perpetuo es evidente: empecé a engordar como una vaca. Mi modesta barriga creció fuera de los límites de mi pantalón, y empezó a colgarme por encima del cinturón. Mis muslos explotaron en tamaño, y ahora se rozan al caminar. Ya no podía ponerme camisetas ceñidas porque mis pechos habían crecido tanto que se marcaban demasiado y apretaban mucho (por no mencionar que mis pezones y areolas lo habían hecho también, pero no es de extrañar debido a que Elena se pasaba horas chupando de ellas y masajeándolas). Mi culo había crecido tanto que apenas podía entrar en mis antiguos pantalones grandes, y mis brazos tenían dificultades para meterse por las mangas de las camisetas, de lo gordos que estaban.

Podía oficialmente decir que ya no estaba rellenito, pasado de peso, gordito… estaba gordo como un cerdo, sin rodeos. Cualquier actividad física que antes hacía sin esfuerzo alguno ahora me costaba la vida. Subir escaleras, andar cuesta arriba o sencillamente caminar se iban convirtiendo en tareas cada vez más cansadas. Y entonces Elena me daba una barrita de chocolate o una magdalena para “reponer fuerzas”. Con esta dieta lo único sorprendente es que no haya engordado todavía más en tan poco tiempo.
Evidentemente Elena estaba pletórica y fuera de sí. Nunca la había visto tan contenta y entusiasmada en todo el tiempo que llevábamos juntos, y era bastante. Su cara rebosaba felicidad cuando me daba de comer, y también cuando lo hacíamos. Además, si ya era buena con la repostería, después de repetir una y otra vez las mismas recetas, la calidad iba mejorando sustancialmente, por lo que era prácticamente imposible no resistirse ante sus obras maestras rellenas de azúcar y grasa. La mayor parte del tiempo que pasábamos juntos lo hacía dándome de comer, acariciando mi cuerpo obeso, follando o cocinando. No nos podía ir mejor.

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