Algo inesperado siempre es excitante

Algo inesperado siempre es excitante
Algo inesperado siempre es excitante

Una semana antes de casarme con Víctor me llamó Helena, mi fiel amiga, para invitarme a salir a un boliche y festejar por adelantado la despedida de mi soltería…

Esa noche me sentía sexy; así que busqué un vestido acorde a semejante condición. Encontré finalmente uno de color rojo coral, que combiné con unos zapatos de taco alto del mismo color. Hacía calor para usar medias de nylon y además se me ocurrió que tampoco llevaría una tanga….

Estaba terminando de maquillarme, cuando sonó el timbre. Allí estaba Helena con su auto y, para mi sorpresa, venía acompañada por una pareja amiga. El chico era un tipo muy apuesto y atlético, más joven que nosotras. La chica era una bella morocha, voluptuosa, pero con cara de puta.

Me senté en el asiento trasero con la chica y enseguida descubrí que ellos dos no formaban una pareja, sino que eran amigos en común de Helena.

Durante el viaje yo iba entretenida escuchando la charla entre ella y su amigo, que viajaba en el asiento del acompañante; de repente sentí la mano de la chica, que se llamaba Tamara, deslizándose por mi muslo y acariciándolo suavemente.
La miré a los ojos y ella me sostuvo la barbilla con su otra mano. Siguió con su avance sobre mis piernas, hasta que metió sus dedos bajo mi corta falda y enseguida llegó a mis labios vaginales ahora bien humedecidos…

Entonces se inclinó a besarme en los labios y me susurró al oído:
“Estas muy mojada, nena… y muy, muy caliente…”

El roce de sus dedos sobre mi clítoris me hizo temblar y gemir suavemente.

Antes de que sus dedos me hicieran acabar, llegamos al boliche. Helena y su amigo Peter bajaron del auto y pude ver que él le acariciaba las redondas nalgas de mi amiga por sobre el vestido ceñido que llevaba.

Tamara me abrazó mientras entrábamos al lugar y volvió a besar mis labios. Su contacto me erizó la piel y casi estuve al borde de un orgasmo.
Yo me sentía muy caliente y esa noche tenía ganas de recibir un buen macho entre mis piernas. Víctor era el amor de mi vida, pero, ocupado con los preparativos de nuestra boda, hacía varios días que no me cogía…
Tomamos unas copas y luego salimos los cuatro a la pista de baile. Helena con su amante y yo con mi nueva amiga Tamara. Yo estaba un poco mareada pero muy excitada; había bebido varias copas y el alcohol dentro de mi cuerpo me estaba pasando factura…
Pronto Helena se cansó de tanto sudar y dijo que regresaba a la mesa. Yo me quedé bailando con su pareja de amigos.

Enfrenté a Tamara, que se movía muy sensualmente y pronto sentí las manos de Peter desde atrás, que me aferraban por la cintura y me atraían hacia su musculoso cuerpo. De repente pude sentir un bulto presionando entra mis redondos cachetes. A medida que nos movíamos al compás de la música, la verga de Peter se iba endureciendo cada vez más, siempre pegada a mi trasero.
Yo estaba tan caliente a esa altura, que deseaba esa verga dentro de mi cuerpo, sin importarme que perteneciera al macho que andaba con Helena.

Después de varias canciones, Tamara declaró que también regresaba a la mesa. Peter me tomó por la mano y me arrastró con él hasta el medio de la pista, donde se concentraba mucha más gente.
Allí logró lo que buscaba: meterme sus dedos en mi vagina expuesta y hacerme acabar jadeando en un orgasmo intenso, mientras la gente alrededor nuestro seguía bailando sin notar nada inusual…

Después de recuperar mi ritmo normal de respiración, le dije a Peter que fuéramos a la mesa con las chicas. Sabía de memoria que mi amiga Helena no iba a dejar que su macho me cogiera; así que yo debería conformarme con sus dedos y ese orgasmo tremendo que había tenido.

Después de unos tragos frescos, intenté levantarme para ir al baño, pero trastabillé y casi me caí de bruces sobre Tamara. Ella se levantó muy solícita, diciendo que me acompañaría. Helena y Peter estaban muy entretenidos comiéndose las bocas a besos y explorando el cuerpo de cada uno con sus manos…

Llegué al baño del brazo de Tamara y ella me hizo entrar en uno de los cubículos. Allí me hizo apoyar las manos en un mamparo y levantó mi vestido hasta la cintura. Mi trasero y mi vagina bien depilada quedaron a la vista de esa voluptuosa perra, que silbó por lo bajo admirando mis curvas.

Me acarició desde atrás los pechos por sobre la tela del vestido y hurgó nuevamente mi concha con sus largos dedos. Esta vez no reprimí el salvaje aullido de placer que escapó de mis labios cuando Tamara me hizo acabar como a una perra en celo.
Me quedé en la misma posición, sintiendo mis jugos que se deslizaban entre mis muslos…

Tamara entonces se inclinó sobre mi espalda y susurró en mi oído:
“Ahora es mi turno de gozar, nena…”

Quise girar para poder ver su vagina y darle placer con mi lengua y mis dedos, pero ella me sujetó por los cabellos, manteniendo mi cabeza mirando directamente hacia el mamparo que estaba delante de mis ojos.

Tamara me tomó con firmeza por la cintura y de repente, sentí una gruesa verga dura entrando entre mis labios vaginales. Grité por la sorpresa, pensando que Tamara le había cedido su lugar a Peter; pero cuando pude girar mi cabeza, vi que era Tamara la que me estaba penetrando con una verga enorme. Ella sonrió y me besó en los labios, diciéndome:

“No te habías dado cuenta, Anita… yo quise cogerte desde que te conocí”.

Jamás se me habría ocurrido que semejante belleza escultural pudiera ser un hombre… y además, un hombre muy, muy bien dotado; ya que su verga endurecida me estaba provocando un placer único. Tamara me bombeó la concha durante un buen rato, arrancándome jadeos y gemidos con cada embestida de su pija dentro de mi vagina. Me provocó dos orgasmos antes de que ella se vaciara dentro de mi cuerpo.

Cuando regresamos ya satisfechas a nuestra mesa, no pudimos encontrar allí a Helena y a Peter. Tampoco estaban en la pista ni en la barra…
Fuimos al estacionamiento y allí los descubrimos; cogiendo al estilo perrito en el asiento trasero del auto.

Tamara y yo nos quedamos ahí cerca, disfrutando el espectáculo de los alaridos de Helena con cada embestida de Peter. Cuando terminaron, nos acercamos a ellos.
Mi amiga salió del auto y me besó, para preguntarme al oído:

“Te gustó, amiga, la sorpresa que te traje?”

Le respondí que me había encantado; en especial la enorme sorpresa que llevaba incorporada y colgando entre sus muslos.
Helena lanzó una carcajada y dijo que, antes de abandonar la soltería, tendría que probar además la verga de su amigo Peter…

Cuando llegué a mi casa, fui directo a darme una ducha caliente, para sacarme los restos de semen que todavía se deslizaban entre mis muslos y acariciarme un poco, mientras recordaba la tremenda y sorpresiva cogida que me había pegado esa nena con su enorme verga…

Por la mañana me llamó Víctor, para preguntar cómo me había ido y si le había sido fiel en una de mis últimas salidas de soltera. Le respondí que sí; que solamente lo había engañado con una bella morocha escultural.

Mi futuro esposo se rio con ganas y me advirtió que tuviera cuidado, porque las bellas morochas esculturales siempre terminaban siendo travestis…

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